Criminal mantuvo cautivo 4 horas a suboficial y tras golpearlo duramente, le arranchó su dinero y su carné. Efectivo aprovechó un descuido y se le enfrentó a tiros por el cerro Pesqueda.
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UNA JOYA
Un giro inesperado ha dado el caso de Luis Rafael Julca (21), el taxista supuestamente baleado por unos delincuentes durante el robo de su unidad. Según ha informado la Policía, resulta que Rafael Julca en realidad no es el modesto chofer que su familia pretendió hacer creer, sino todo lo contrario: es un avezado criminal que, junto a tres de sus compinches, no tuvo reparos en secuestrar a un joven suboficial de tercera para robarle y, de paso, darle una tremenda golpiza solo porque era miembro de las fuerzas del orden. Como castigo, recibió dos disparos en el cuerpo al intentar abandonar a su víctima por una oscura calle del cerro Pesqueda.
El valiente efectivo, aprovechando un descuido, se hizo de su arma de fuego, que había mantenido oculta en un compartimiento secreto de su auto, y se le enfrentó a tiros hasta dejarlo herido.
La aclaración ha hizo el propio jefe de la Policía en la región, coronel Róger Torres Mendoza, quien precisó además que Rafael y otro individuo interceptaron al agraviado cuando este se dirigía a su domicilio, en La Esperanza.
“Ha sido como a las 10 de la noche. El suboficial había ido a Huamachuco a rendir su examen de ascenso, y al regresar a su puesto, en Cajamarca, decidió pasar primero por Trujillo para dejar el carro que un pariente le había prestado”, precisó.
De acuerdo con la versión oficial del caso, tras arribar a la ciudad, el policía, de nombre Alan Neal Gómez Aliaga (25), se enrumbó a La Esperanza por Nicolás de Piérola, y al llegar al cruce con la avenida Metropolitana, se detuvo porque el semáforo se puso en rojo.
Distraído, no advirtió la presencia de dos individuos que le habían puesto al ojo. Con sigilo, ambos criminales se acercaron al vehículo y subieron en él, sorprendiendo a Gómez; por lo que se ha precisado, Rafael, armado con una pistola totalmente abastecida, lo hizo adelante; el otro lo hizo atrás. La función de los criminales había sido previamente establecida: Uno le apuntaría al agraviado con el arma y el otro lo ‘cogotearía’ para reducirlo.
CUATRO HORAS DE INFIERNO
Superado en número, a Gómez no le quedó otra opción que dejar que le roben; lo que no sabía era que los criminales en realidad habían planeado secuestrarlo para obligarle a dar el código de cada una de sus tarjetas de crédito y así vaciar todas sus cuentas.
“En su testimonio, el suboficial refiere que luego de que lo encañonan y lo ‘cogotean’, lo llevan por La Hermelinda, donde dos delincuentes más suben al carro. Entonces empiezan a rebuscarle en los bolsillos y en su billetera encuentran el carné de la PNP”, puntualizó Torres Mendoza.
Al ver el carné y descubrir que era un efectivo policial, los secuestradores le dieron a Gómez una severa golpiza. Lo pasaron al asiento de atrás y ahí le dieron con toda su furia. Podría decirse que descargaron en él su odio por las fuerzas del orden.
“Le pidieron además el arma, pero el muchacho les dijo que no la llevaba consigo; y en cuanto a los códigos de las tarjetas, tampoco se los reveló, por eso se ensañaron con él; lo tuvieron cuatro horas secuestrado, y durante ese tiempo, lo sometieron a un castigo durísimo”, añadió Torres.
GRAVE
A las 2:00 a.m., con los puños cansados por haber golpeado tanto, los cuatro criminales decidieron por fin abandonar a Gómez en una oscura y estrella calle del cerro Pesqueda. Y hacia allá se enrumbaron, sin saber que la historia iba a dar un vuelco tremendo.
En el cerro, los criminales bajaron del auto y dejaron dentro a Gómez. Al parecer iban a decidir dónde soltarlo, pero este aparente descuido les jugaría en contra: arriesgando su integridad, el joven policía, quien hasta ese momento había permanecido en el piso del vehículo, se acercó velozmente al volante y de un compartimiento secreto debajo de este extrajo su arma, las rastrilló y disparó al grupo que se había reunido junto al capó.
Al primer disparo, Luis Rafael Julca también jaló del gatillo. Se desató así un intenso fuego cruzado que duró apenas unos segundos. En medio del tiroteo, Gómez supo que una de sus balas impactó contra el criminal porque este pegó un grito de dolor. Los otros corrieron en diferentes direcciones.
Temiendo que los demás hampones cobren venganza, el policía escapó en el auto y fue a denunciar el caso ante sus superiores. Rafael, en tanto, fue llevado al Belén, donde su familia dio la versión de que le habían disparado para robarle su taxi. Esta versión fue tajantemente descartada por el coronel Torres. “Ha sido él quien intentó despojar al policía de su arma luego de secuestrarlo”, agregó el oficial.
Rafael Julca continúa por ahora bajo el estricto cuidado de los médicos, pero también bajo custodia de la Policía Judicial. Y es que al verificarse el padrón de requisitoriados, resultó que el Poder Judicial había ordenado su arresto por el delito de tenencia ilegal de arma de fuego. De modo que al salir de ese nosocomio, deberá rendir cuentas ante la justicia. Además, cuando la Policía fue a la empresa de taxis a preguntar por sus antecedentes, sus propios compañeros señalaron que el día del robo no había salido a trabajar y que había dejado el carro en una cochera. La dueña de este último lugar les comentó a los agentes que Rafael había dejado el vehículo hacía dos días. O sea que salía de su casa diciendo que iba a trabajar pero en realidad se iba a robar.
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